Articulo aparecido en el diario "La Nación"
el 18/8/1998 con motivo de sus 90 años
En 1935, Ljerko Spiller llegó al país para ofrecer
un ciclo de conciertos que nunca se realizaron. Desde que fue contratado en
París hasta que arribó al puerto de Buenos Aires, el viejo Teatro Opera, donde
debía tocar, comenzó a ser demolido para construir allí un cine teatro moderno.
Seguramente, en aquel entonces, el joven violinista nacido en Croacia, no intuía
que cumpliría 90 años siendo una de las personalidades más relevantes de la
música argentina a lo largo de este siglo.
Con una sonrisa casi permanente, Spiller, mucho más que el padre biológico y
simbólico de casi todos los violinistas que han surgido en este país en los
últimos sesenta años, acaba de llegar de un viaje por Europa, adonde viaja para
participar en cursos académicos o para ser miembro de algún jurado en concursos
internacionales de violín. Aquí lo espera, hoy, un homenaje que le ofrecerán,
en el Salón Dorado del Teatro Colón, un grupo de músicos. Apenas un pequeño
porcentaje de todos aquellos que se han beneficiado de su enseñanza y en cuya
formación musical, técnica e interpretativa Spiller ha sido fundamental.
"En realidad, éste será el cuarto festejo
que me hacen en poco tiempo. Como mi cumpleaños iba a coincidir con mi estancia
en Salzburgo, mis hijos organizaron una cena antes de mi viaje. Cuando ya estaba
en la Academia de Verano del Mozarteum de Salzburgo, se enteraron de que Ruggiero
Ricci cumplía ochenta años y yo noventa. En esa oportunidad, vino Alberto Lysy
con algunos de sus alumnos de Gstaad e hicieron una farra. Tocaron el "Happy
Birthday" e hicieron todas las variaciones posibles. Después me fui a dictar
clases en otro curso de verano en Altensteig, cerca de Stuttgart, y también
allí decidieron que debían realizar un agasajo. O sea que éste que han decidido
hacer el martes será el cuarto".
A lo largo de una extensa conversación, con una
memoria prodigiosa y enumerando cada detalle y todos los nombres y situaciones,
Spiller contó sus comienzos en el Conservatorio de Zagreb; su locura por el
violín ("A la noche me tenían que recordar Ôbasta de música' y me mandaban
a la cama, a dormir"); su relación con Alfred Cortot y Jacques Thibaud,
quienes lo acogieron en París cuando llegó a los veinte años; su carrera de
violinista exitoso así en Viena como en París; su participación intensa en ensambles
de cámara; sus primeras experiencias docentes en la Ecole Normale de Musique;
su premiación en el Concurso Wieniawski en 1935, y las extrañas coincidencias
que lo trajeron y lo convencieron de permanecer en Buenos Aires.
Recuerda con particular emoción y agradecimiento
al checo Vaclav Neuman, "un formidable profesor de violín", y a Diran
Alexanian, un chelista armenio, asistente de Casals, en París, que, entre otras
cosas, "me enseñó los secretos del fraseo inteligente y otras maneras de
encarar la digitación, a pesar de que él tocaba el chelo y que yo había sido
alumno, ni más ni menos, que de Enesco y de Poulet".
Más que recuerdos
En lo referido a su vida musical en Buenos Aires,
no deja de recordar algunas experiencias lejanas y llamativas, como la fundación
de la primer orquesta femenina del país, en los años cuarenta, al frente de
la cual comenzó, además, su carrera de director de orquesta por presiones del
director de Radio El Mundo. En terrenos más generales, habla de la ingratitud
-"una característica del género humano"- de muchos de sus alumnos
y de autoridades que le opusieron todo tipo de trabas cuestionando su valor
artístico y violinístico; las intrigas que sufrió por parte de algunos sectores
de la prensa de la época; su aversión por aceptar normas sin discutirlas o razonarlas;
su interés por dudar e investigar ante cualquier obra musical; su pasión por
la enseñanza y su constante dinamismo. "El peor elogio que un ex-alumno
puede llegar a decirme es que mantiene al pie de la letra lo que aprendió conmigo
hace tantos años. Yo trato siempre de mejorar y de buscar otros medios de expresión
artística. La enseñanza y la interpretación deben modernizarse y cambiar constantemente."
Vital y activo, Spiller cuestiona los vacíos de
las interpretaciones veloces y sin sustancia, continúa en la docencia como director
del Departamento de Música del Instituto Nacional Superior de Arte de Río Negro,
adonde viaja cada quince días, y se prepara para nuevas conferencias. Además,
se dispone a recibir un homenaje merecido en el Salón Dorado, adonde deberían
estar presentes, física o simbólicamente, todos sus alumnos y todos los que,
a través de ellos, han gozado de la música que este formidable artista y docente
de noventa años ofreció sin escatimar ningún esfuerzo.
Pablo Kohan
Biografía
Entrevista
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